La Emoción de Criar (y Alimentar)

Por Paulina Barahona N.

Amamantar a libre demanda o poner a los niños en horario desde los primeros meses de vida; hacer colecho o dejarlos dormir en su cuna sin mantas u otros objetos; quitar los pañales en 3 días a los dos años, o dejar que los niños decidan cuándo están listos; y cómo criar niños sanos/felices/emocionalmente regulados/sin pataletas/líderes/exitosos en 10 simples pasos.

Los padres de niños pequeños necesitan información acerca de los más diversos temas de crianza. Los datos relacionados con desarrollo, salud y bienestar de padres e hijos, generados a partir de experiencias de otras familias y de la comunidad médica, pueden ser un importante recurso para navegar una etapa de mucha incertidumbre como son los primeros años de vida de los niños, especialmente en una sociedad donde ya no hay tradición oral. Estos contenidos se han socializado en los medios ampliamente. Sólo en Estados Unidos existen casi 4 millones de blogs relacionados con temas de crianza, mientras que en Amazon hay a la venta más de 50 mil libros sobre el tema. 

Es muy positivo que se socialicen prácticas que mejoran la calidad de vida de las familias y que se prioricen ciertos objetivos en la crianza de los hijos -amamantar, dormir, estimular la creatividad, tolerar la frustración-. El problema surge cuando la vida con niños se vive exclusivamente como un proyecto, como un trabajo en el cual hay que ir logrando x objetivos. Queremos obtener un resultado -muy importante o incluso clave en el bienestar de los niños-, y pensamos que lograrlo depende únicamente de con cuánta información contamos y qué acciones ponemos en práctica, así que leemos libros, blogs de otras mamás, artículos de médicos y especialistas de toda índole. Y nos acostumbramos a vivir la crianza como un proceso lineal, de causa-efecto, como un trabajo que se realiza para obtener metas concretas. En ese proyecto, en el trabajo de la crianza, van quedando algunas cosas de lado como el contexto cultural, social y emocional en el que ocurre la vida familiar. Este foco exclusivo en las prácticas de crianza nos distrae de un hecho muy importante: las estrategias, las técnicas para que los niños crezcan sanos y felices, no ocurren en el vacío, sino en la realidad concreta de la vida emocional de los adultos cercanos -especialmente de los padres-. Y para los adultos, todos los aspectos de la vida con niños están impregnados de emociones fuertes y complejas. 

La Emoción de Alimentar 

La experiencia de alimentar a los hijos es un buen ejemplo de cómo nuestra identidad y emociones tiñen nuestro quehacer como padres, y de lo importante que es considerar nuestra realidad emocional en la crianza. Cómo podemos alimentar a nuestros hijos no tiene que ver únicamente con si hicimos bien la tarea y nos informamos acerca de los pros y contra de una determinada modalidad de alimentación. Tiene tanto o más que ver con lo que significa la experiencia de alimentar para nosotros como personas, con nuestra identidad, biografía, habilidades y recursos sociales. Para algunos -con o sin pecho, con o sin mamadera-, alimentar a los hijos será una experiencia impregnada de amor, seguridad, disfrute, salud, vitalidad y trascendencia. Para otros, alimentar a los hijos puede implicar dudas, inseguridades, ansiedad y angustia. La alimentación de los hijos también puede ser una experiencia de estrés y limitación, que pone de manifiesto las inequidades de nuestra sociedad, cuando una familia no tiene acceso a los muchos cuidados que son necesarios en el postparto.

Nos hemos acostumbrado a  pensar en la crianza de manera operativa, mecánica, como si la toma de decisiones en el desarrollo de los niños tuviera que ver únicamente con datos e información médica actualizada. Esta perspectiva es útil en muchos los casos, pero -quizá especialmente en el caso de la alimentación- no basta. No considera la complejidad de las relaciones y del ambiente en que vive cada familia. Los procesos emocionales, ideas y valores, la calidad de los vínculos, los roles, y las personas significativas con que se relaciona la familia, entre tantos otros elementos, quedan fuera cuando la alimentación u otros dominios de la vida familiar se abordan únicamente desde la perspectiva de la información sobre crianza. 

El juicio, en esta experiencia, tampoco ayuda. No hay estudios que indiquen que enjuiciar a padres y madres, denostarlos, insegurizarlos por no cumplir con expectativas sociales o por la necesidad de tomar ciertas decisiones que afectan su estilo de vida, se correlacione con mejores índices de bienestar en las familias. Por el contrario: Percibir juicio o humillación por parte de los pares aisla, debilitando el tejido social de las comunidades, y se asocia a síntomas de depresión y ansiedad. Pensando en el bienestar de la familia, incluso pensando exclusivamente en la salud de los hijos, buscar instancias que permitan a los padres hacerse conscientes, expresar y procesar las emociones que viven en la paternidad, es muy importante. 

Luego de la popularización del parenting, puede que todavía necesitemos más información sobre crianza. Pero quizá lo que necesitamos aún más, son espacios en los que sintamos la seguridad para conversar de lo que significan para nosotros las experiencias de la maternidad, sin juicio. Con la pareja, las amigas, los pares, el médico, el terapeuta. Estas relaciones -especialmente en esta etapa de tanta vulnerabilidad- deben proveer el cariño y la certeza de que no seremos juzgadas por mostrar la complejidad de nuestra vida como adultos en relación con los niños que tanto queremos.

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