La Gorda y sus hijos

Josefina Reutter es ingeniera comercial y autora del libro “Cuicoterapia”. Tanto en el libro como en sus columnas, Josefina nos entrega una visión muy particular del mundo que tal como ella lo describe, es para reírse, no para ponerse grave.

Con todo el trauma que tiene, la Gorda Mamá no quiere que sus hijos pasen por lo mismo, así que se toma muy en serio los discursos del pediatra.

Cuando la Gorda se reproduce (y queda gorda, ja ja), en un principio no está pensando para nada en la gordura de sus hijos. Hasta que llega al pediatra y le comenta que su guagua de 3 meses tiene sobrepeso. Primero no importa, porque la leche materna puede generar esos desórdenes de peso y los pediatras tienden a hacer la vista gorda a ese tema.

El problema es después de los 6 meses cuando a los pediatras les viene una obsesión y una paranoia con el sobrepeso de los niños. Revisan las curvas de peso y talla con una precisión matemática. Primero buscan la curva de altura: percentil 90 (lo que para el percentil 90 de los chilenos es motivo de orgullo y jactancia). Curva de peso, percentil 80. Y ahí la cara de la Gorda se desfigura y la del pediatra también. Menos mal existe la curva que conecta “peso-talla”. Finalmente es ESE número el que TIENE que ser sí o sí menor o igual a 50. De hecho ojalá sea un poco menor. Nada que les guste más a los pediatras que un niño que esté un poquito por debajo de la media.

Con la evaluación de la gordura de sus hijos, la Gorda se la toma a la personal, porque se imagina que cualquier “sobrepeso” se lo van a atribuir a ella, dada su gordura y los muy probables malos hábitos que les está inculcando a los hijos. Así que si es un número “sano”, la Gorda lo toma como un triunfo personal.

El problema más grave es cuando los hijos de la Gorda sí son gorditos (caso Gordas Genéticas sobre todo). Porque ahí se hace evidente que el problema radica en los malos hábitos de esa casa y no en algún problema particular de la Gorda que la hace gorda. Yo me imagino que los pediatras le deben insistir constantemente a la Gorda Genética que por favor mejoren los hábitos de la familia, pero me imagino también que en el fondo a esta

Gorda no le importa tanto, porque son así no más, y ella (y seguramente su marido) siempre fueron así y lo más bien que salieron adelante. O tal vez se traume y ponga a los hijos a régimen. Pero no me tinca tanto, porque hay niños que son sistemáticamente gorditos, igual que sus papás, y lo pasan bien comiendo y ni siquiera debe ser un gran tema.

En cualquier caso –sobrepeso o no– a los pediatras les ha dado por dar el discursito de la vida sana. Ese de no comer a deshoras, de comer muchas verduras, de no comer cosas con azúcar, de hacer ejercicio. Y cuando los niños son un poco más grandes y ya pueden entender, el discurso se lo dirigen a ellos, que con su cara roja de vergüenza piensan en todas las galletitas y dulces que han comido en su vida, o todas las veces que no quisieron comer lechuga, y se defienden diciendo que tienen educación física dos veces a la semana y que juegan fútbol o andan en bicicleta. Básicamente, el trauma del peso instaurado desde la más tierna infancia.

La Gorda mamá también es traumada, y con todo lo mal que lo ha pasado a lo largo de su vida luchando contra su gordura, no quiere que sus hijos pasen por lo mismo, así que se toma muy en serio los discursos del pediatra. Por eso está constantemente advirtiéndoles a sus niños que no coman tanto, que no picoteen tanto, todo con un éxito más bien moderado.

Porque en el fondo la Gorda no tiene autoridad moral tampoco para exigir hábitos alimenticios impecables si ella tampoco los tiene. Pero se esfuerza día a día, incluso puede hacerles comentarios desafortunados del tipo “si sigues comiendo te vas a poner gorda como yo” (como si a los niños les molestara la gordura de su mamá).

Y se obsesiona también con que hagan deportes, que se hagan el hábito, que al menos si no van a comer “orgánicamente”, que compensen moviendo el cuerpo desde chicos. Es casi impensable para la Gorda que sus hijos no hagan al menos un deporte, y ojalá 2 veces a la semana, no vaya a ser que una vez sea muy poco. Y ahí anda la Gorda acarreando niños para arriba y para abajo, todo con tal que hagan sus deportes. De hecho muchas veces ha pensado en que debiera existir un gimnasio adulto-niños, donde simultáneamente puedan estar los niños y los papás haciendo algo, así se maximiza el tiempo y ella puede hacer ejercicio sin la culpa de dejar niños botados.

Y cuando vuelve al pediatra y sus hijos siguen en un percentil menor a 50 en peso-talla, la Gorda se felicita internamente y siente que al menos con sus hijos, no ha sido tan negligente.

Y por un minuto se imagina a su hija ganando el Miss Universo y ella siendo como las típicas mamás de las Miss Universo que son unas obesas mórbidas y todo el mundo (literalmente todo el mundo) se pregunta cómo salió una modelo con esa mamá tan gorda. Pero bueno, ya habrá tiempo para preocuparse de eso, piensa la Gorda y se zampa una galletita que quedó a medio comer por uno de sus niños.

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