Fui mamá, soy feliz, pero… ¿Dónde está mi cuerpo?

Cansancio, subida de peso, digestión irregular: es el drama de muchas mujeres que no logran sentirse como antes. La respuesta es simple: los alimentos.

Desde que fue mamá, Claudia no se reconoce. Hace ya dos años que nació Tomás, y hace cinco ya de Marina, y aunque ambos fueron amamantados aún no ha podido volver a su peso normal. Antes bajaba fácilmente cuando subía pero ahora no hay caso.

Está cansada, a pesar de que las noches se han puesto más tranquilas, pero cuando despierta en la mañana es como si no hubiera dormido. Sus uñas están quebradizas, su piel reseca y tiene un poco de rosácea. Su digestión está irregular, se hincha cada vez que come algo. En sexo no puede ni pensar.

Tiempo atrás consultó al médico, pensando que podía tener hipotiroidismo, pero en los exámenes no le encontraron nada. El doctor le dijo que era depresión posparto y le aconsejó ir al psicólogo. Claudia lo hizo durante un tiempo, fue bueno hablar de ciertas cosas, pero nada cambió. Ahora toma un antidepresivo y también un ansiolítico. Le funcionan, algo.

Pero Claudia se pregunta: ¿por qué? ¿Por qué, si ella adora a sus hijos y está feliz de tenerlos.. se siente así?

Para colmo, los niños pasan enfermos. No hay un mes sin que Marina se agarre algún virus en el jardín, a los dos días Tomás cae, y adivina quién es la siguiente: Claudia por supuesto, y lo arrastra por dos semanas. Marina por lo demás tiene asma y es alérgica a un millón de cosas. La tía del jardín también persigue a Claudia para que la lleve al neurólogo porque dice que es hiperactiva.

Claudia está harta de pasar en la clínica por una cosa y la otra. Siente que no puede ser normal y que debe de haber una forma de estar bien, una forma natural. Lee harto sobre el tema, fue a ver a un doctor muy bueno que le recomendó una amiga. Él le recetó homeopatía y le aconsejó evitar el gluten. Y sirvió hasta cierto punto, pero bueno, cuando tu guagua está con 40º de fiebre no puedes andar sólo con gotitas.

Probó lo del gluten, y también evitó los lácteos y el azúcar, pero se le hizo demasiado difícil seguir. Igual compra todo orgánico, y trata de comer semillas de chía, maca, yogurt griego, y otras cosas sanas, pero la verdad es que no ha habido mucho progreso.

Hace poco Claudia decidió recuperarse en serio.

Fue a ver a una nutricionista que le dio una verdadera dieta estructurada y contrató a un personal trainer dos veces a la semana. Pero la dieta le costó horrores, el ejercicio la dejaba postrada en el sofá y su peso no se movió. Lo peor es que lo hizo junto a su marido, ¡y él sí quedó regio…!

Y Claudia terminó mandando todo al diablo. Ahí está, cada tarde en la cocina de su casa, comiéndose todas las galletas de sus hijos, con rabia, frustración y tristeza.

¿Dónde está su cuerpo? ¿Dónde está la mujer divertida y ambiciosa de antes? ¿Será posible que le haya agarrado la vejez así de repente…?

El de Claudia es un drama que comparten probablemente miles de mujeres. Lo viví en carne propia, en forma bastante extrema, llegando a caer con fatiga crónica y fibromialgia con treintaicinco años. Fue lo que me llevó a meterme en este campo y finalmente encontrar una respuesta gracias a la cual mejoré completamente.

La respuesta era sorprendente, pero hacía mucho sentido. Desnutrición.

Vivimos una época curiosa en términos de nutrición. Tenemos abundancia de calorías, aquí por suerte ya nadie se va a la cama con hambre. Más bien al revés, el enemigo ahora es la sobreabundancia, nos tenemos que cuidar de no engordar. Y entonces en el proceso se perdió una noción que siempre se había conocido: la de todos los nutrientes que son necesarios para construir y mantener un organismo en buen funcionamiento.

Desechamos la idea de que una embarazada tenga que comer más como un mito de otra era. Pensamos que con todo lo que comemos, de más que tenemos todo lo necesario.

La verdad es que comemos suficientes calorías, pero muy pocos nutrientes esenciales, como vitaminas, minerales, aminoácidos y ácidos grasos. Incluso personas conscientes como Claudia, que hacen mucho esfuerzo por comer sano. En el imaginario de nuestra época, lo sano casi siempre es vegetal —semillas, verduras, granos integrales— y nadie se percata de un detalle crucial: para digerir y aprovechar esos alimentos, necesitamos una flora intestinal tip top. Algo que claramente, Claudia no tiene.

Así es cómo andamos todos medio al límite en cuanto a reservas nutritivas.

Pero como el cuerpo tiene una increíble capacidad de seguir adelante, y que los exámenes de rutina no ven los niveles en los tejidos, no nos damos cuenta. Hasta que llega un embarazo.
Imagínate la cantidad de células nuevas que se tienen que formar para llevar a un feto a término: ¿de dónde crees tú que salen las proteínas, las grasas, los minerales para los huesos, las vitaminas para catalizar todas esas reacciones…? De la madre por supuesto. De sus escasas reservas.

Claro, come más. Pero más de lo que venía comiendo, es decir cosas que le aportan muy poco de esos valiosos materiales. Acaso, si tenemos suerte y una suegra campecina, un poco más de carne. Un filete magro totalmente insuficiente para cubrir las necesidades de la gestación y para qué decir evitar que se vacíen y agoten las reservas.

Nace el niño y la madre queda en seco. ¿Qué hace el cuerpo cuando escasean los recursos? Prioriza. ¿Neurotransmisores? —Pueden esperar. ¿Pelo, uñas? —Otro día. ¿Sexo? —¡¿Estás bromeando?! El organismo entra en modo de supervivencia: ralentiza el metabolismo, baja la energía, almacena grasa como un tesoro. Volver a la oficina y entrar en aquel traje de baño son absolutamente últimos en su agenda.

El niño tampoco queda muy a tope: la naturaleza es sabia y no le dio más que lo estricto necesario. El tema es que no le llega mucho más afuera, sobre todo cuando deciden, a modo de primera comida sólida, darle colados de verduras, frutas y cereales que muy mal puede aprovechar, habiendo heredado, o la flora deficiente de su mamá, o la distorsionada que ocasiona una cesárea. Entonces sus sistemas nervioso e inmunitario, a los que les quedaba tanto desarrollo por delante, no tienen con qué ir construyéndose sólidamente.

Sin embargo no vemos todo eso. Nuestra idea de la desnutrición es gente emaciada, baja de peso: pero eso sólo ocurre cuando hay falta de calorías.

Nuestra medicina no conoce esa carencia sorda y generalizada. Es que nunca ocurrió antes, porque incluso cuando no había mucho para comer, siempre hubo una sabiduría muy anclada: a la futura madre y a los niños, los alimentos más nutritivos. Hoy con la abundancia eso se perdió. Si te pregunto qué alimentos son los más nutritivos, es probable que busques muy lejos de lo correcto.

¿Hacemos la prueba? ¿Cuál es EL alimento más rico en vitaminas, minerales, aminoácidos y ácidos grasos?

El hígado (pana o panita, como le decimos en Chile, y también hígado de bacalao).  

Aquí puedes ver una comparación de los niveles de vitaminas y minerales en manzanas, zanahorias, carne roja y pana de vacuno (la tabla es del doctor Chris Kresser).

¿Cuántas veces a la semana comes pana? —Eso me imaginé.

Veamos si tenemos más suerte con los siguientes alimentos más nutritivos:
• otras asaduras (interiores) —riñón, criadillas, mollejas, médula…
• moluscos —choritos, almejas, ostras, ostiones…
• huevas de pescado
• pescados azules —sardina, jurel, caballa, anchoa, salmón (siempre que sea salvaje)
• caldo de huesos
• yema de huevo
• mantequilla (de pastoreo)

El doctor explorador Weston A. Price (“Nutrition and Physical Degeneration”, 1939) observó que en todas las sociedades más sanas del mundo, los habitantes tomaban mucho cuidado de aportar esos alimentos a las mujeres antes, durante y después del embarazo, así como a los niños desde el destete. Eso además de una dieta general que era más nutritiva que la nuestra.

¿Qué puedes hacer si te reconoces en lo que le pasa a Claudia? (Y nota que si no tienes hijos o eres hombre es totalmente posible que tengas carencias también.)

¡Anímate con esos “superalimentos” animales! Hay muchas recetas deliciosas que puedes hacer, hurga en recetarios tradicionales (o en mi Instagram). Inclúyelos al menos tres veces a la semana.

Y de todos modos, empieza desde ya a incluir más alimentos de origen animal a tu dieta. Apunta a una porción de carne, ave, pescado o huevo en cada comida. Elígelos “naturales”, “felices” o salvajes cada vez que puedas, contienen muchos más nutrientes.

Nuestra época ha demonizado, o simplemente olvidado, los alimentos de origen animal al preocuparse de colesterol, detox y otros temas que nada tenían que ver con las necesidades de los que están construyendo una nueva vida. Es hora de darse cuenta del daño que les hemos hecho, y repararlo.

Por Bonnie Leclerc – Coach en nutrición y flora intestinal. www.restablecer.cl

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